Uristium IV: Ursula

Mi padre estaba obsesionado con las estrellas. Cuando construyeron Ursula hizo que diseñaran nuestra casa en lo más alto, más cerca del cielo, decía. Pero yo estaba más interesada en lo que pasaba abajo, entre los jardines y los parques llenos de seres hechos de materiales extraños, imitando a humanos, y en las playas de la ciudad.

No recuerdo esos años con culpabilidad. Pude haber dedicado más tiempo a ver las estrellas con papá, preguntarle más y a seguirle más, pero sé que esos son sentimientos sin razón. No hubo tiempos inacabados entre nosotros, ni estrellas inalcanzables estando juntos. Pero no es por eso que recuerdo ese momento en mi vida.

Ursula era mi casa, una montaña artificial en medio del Índico llena de edificios a diferentes alturas y sostenidos, cada uno, por una única columna central cuadrada y hueca. Todos vivíamos flotando a decenas de metros sobre agua. Me gustaba estar abajo, en la plataforma sobre el océano, que estaba cubierta de parques con plantas verdes de hojas grandes.

En la plaza de las palmeras, húmeda y calurosa, compartía con robots con inteligencia artificial. Aun lucían mecánicos y eso me parecía extraño. Imaginaba que desaparecían sus movimientos limitados, cortos y cansados y los sustituía en mis sueños por movimientos más continuos, más conscientes. Imaginaba que cuando les decías un piropo, se estremecían y perdían la compostura.  

Pasaba horas tirada en el suelo, boca arriba, mirando el techo, en compañía de Xello; la luz del sol entraba tamizada por la maya semitransparente de aluminio que cubría la ciudad. Reflejaba a las islas vecinas, al agua transparente, a las playas de arena dorada y, de noche, al mar de estrellas que flotaba en el agua fluorescente.

No caí en cuenta cuan descomunal era aquel techo hasta que Xello me lo hizo ver, en alguna de nuestras citas. Vivíamos bajo un techo que parecía la cascara de un cacahuete por dentro. Era un techo orgánico, curvado.

Xello decía que era una doble curvatura, como la que forman dos burbujas de jabón que se juntan, sin romperse. Siempre insistía en que esas dos burbujas, separadas, eran muy inestables y delicadas, pero que juntas aumentaban su resistencia.

Para mi solo era Úrsula, mi casa sobre el mar, mi casa de techos burbuja, en la que pasé mis primeros años enamorada.


Uristium IV: Los días de Ursula



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