02-05 energetica feng shui david flores una vida dentro de otra

Amir 5

 

La vieja criada fue temprano al mercado central a escuchar las ultimas noticias de Babilonia. En Susa era lo habitual porque la propia ciudad era una superviviente, llena de supervivientes. Regresó a casa con prontitud.

Olympia, que esperaba recostada en su sillón desde donde miraba con semblante triste la ajetreada vida que llevaban los vecinos y que les era tan ajena, volteó a mirarla cuando entró y recordó que la lealtad y amistad de esta descendiente de comerciantes de Susa eran inquebrantables.

Las noticias no eran buenas. Espías y soldados buscaban a los seguidores de Alejandro y lo mejor era permanecer en el anonimato. El imperio que había creado su hijo, se desintegraba como su propia vida. Como Amira, entendía que eran sus últimos días en esa vida. Como Olympia, madre de Alejandro Magno, ya casi no quería hablar, no salía de su casa. Sentía el dolor de haber sobrevivido a su hijo y la sensación de que no pudo protegerlo lo suficiente.

Su aspecto como Amira era cada vez más consciente de su vida principal en Londres, en 2.215. Empezó a recordar a Carmen y veía con mucha claridad lo que estaba haciendo y desde que tiempo venía.

Elvira le hablaba y comentaba cosas. Ella no escuchaba; sus ojos miraban más allá, como si hubiera un mundo invisible al que solo ella tenía acceso. La vieja amiga calló y lamentó no poder ayudarla a salir de su tristeza:

–Otra vez ida Olympia. Cuántas veces debo pedirle que se quede conmigo. Sabe que esas visiones suyas no le hacen bien, dijo.

–Si no fuera por ellas querida amiga, no habría aguantado tanto.

–Bla, bla, bla. Refunfuñó la criada. Fueron esas mismas visiones las que alejaron al señorito Alejandro de su lado ¡Cuándo lo comprenderá!

–Elvira, Alejandro no se hubiera quedado en ningún caso. Su destino era hacer lo que hizo. El mío: sobrevivirle.

–Bueno, bueno. El señor Alejandro tuvo un magno destino gracias a usted. Levante, vamos a comer algo.

–Y está claro que el tuyo es acompañarme en mi soledad, añadió Olympia. Sin ti no habría sobrevivido ni un segundo después de la muerte de mi hijo.

Ambas cenaron frente a la terraza. El sol era de un especial color azafrán esa tarde y la ciudad se durmió en paz. Olympia no se despertó a la mañana siguiente.


Una vida dentro de otra

David Flores

 

 

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