¡Menudo viaje! (imaginario, imaginario)

Viajar hoy es cosa de la imaginación. Parecen tan lejanos ya esos días en los que hacía más de 150 mil millas al año y pasaba 4 días en casa. Pero recuerdo muy bien aquel viaje de marzo. Bajé del avión y cogí un coche: más al norte conducía. más pequeña se hacía la carretera y más nieve había.

La ciudad en la que me quedé es un ejemplo de feng shui complicado: sin protección de montañas y dividida en dos por un río. Tan pronto como di un par de vueltas buscando la casa que había alquilado, recordé que estábamos en el año de la Rata de Metal. Puse mis ojos de chino y sonreí.

El maestro Bogar me insistía siempre que suele ser un año de plagas y catástrofes naturales. Pensé en esa ciudad y lo que podría estar pasando allí, tan mal protegida, sin montaña alguna.

Decidí investigar y pasé del alojamiento. Busqué el centro del pueblo. Una plaza central con un piso de adobe, una iglesia de techos negros y una torre alta. Los techos bien inclinados y parcialmente llenos de nieve. Había, también, algunos restaurantes en la parte bajan de los edificios de piedra de alrededor y lo que me pareció ser el ayuntamiento del pueblo. Typical European!

Aparqué. Pensé que en un “año de plagas y catástrofes” era un poco osado salir, pero no me importó hacerlo, ni siquiera con semejante espada pendiendo sobre mi cabeza y quién sabe si a punto de caer. Caminé hacia el sur, la zona del fuego en una ciudad, también la del dinero. Encontré muchas oficinas, de bancos y de empresas, estaban construyendo un hospital. Me pareció, cuanto menos, sospechoso ¿un hospital en este pueblo?

Saqué mi móvil a todo correr y calculé hacia donde estaba el norte. Apresuré el paso. Hacía frío, pero esa no era la razón de mi apuro –y tampoco lo era que necesitara ir al baño, no–.

¡Otro hospital, al norte y nuevo de paquete! Un hospital en el sur –activa una rápida recuperación, si fuera necesario– y uno en el norte –para protegerse–.

Lo tuve claro en ese mismo momento. Las gentes de este lugar estaban al tanto algo que los demás no sabían. Imaginé lo único imaginable: sus decisiones estaban inspiradas por los cambios, como si tuvieran un libro de vasto conocimiento que los guiara.

No sé qué decirte. Por lo visto, haciendo memoria hoy de aquel pueblo, en aquel año, tengo claro que tenían a los mejores expertos en artes adivinatorias del mundo. Y te lo cuento porque hoy he hablado con algunos amigos –esta mañana, por WhatsApp, por WhatsApp– y lo recuerdo así como te lo cuento. Ya sabes que la memoria hace trampas y no es seguro que haya pasado exactamente así, aunque viendo cómo trabaja mi intuición, me lo creo al 1000%.


¡Vaya viaje! (imaginario, imaginario)

David Flores


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